La Campana. Un siglo en la venta de mezclilla

Abierta en 1915 como un negocio que incluía todo tipo de giros, la tienda tiene su marca propia, cuya calidad compite con otras reconocidas
Hace 100 años la gente usaba la mezclilla básicamente para el trabajo rudo; ahora todos la buscan para el uso diario, dice Pedro Vargas quinto (FRANCISCO RODRÍGUEZ. EL UNIVERSAL)
08/08/2017
02:24
Francisco Rodríguez / Corresponsal
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Parras de la Fuente, Coahuila

A la entrada de la tienda La Campana, en el Pueblo Mágico de Parras de la Fuente, cuelga de la puerta un pantalón de mezclilla talla 100, y apenas se entra al local se halla una banca de concreto con la leyenda: “1924 La Campana Gran miscelánea Talleres de imprenta y Fca de aguas minerales Pedro Vargas”, homónimo del cantante de la época de oro del cine nacional, aunque sin ningún parentesco.

Actualmente, a cargo del establecimiento está Pedro Vargas quinto, de 40 años, bisnieto emprendedor original del negocio que inició con el fin de sostener el núcleo familiar. Ahora La Campana es esencialmente una tienda de ropa de mezclilla que tiene su propia marca y que, según Vargas quinto, tiene la calidad de competir con un pantalón Levis o Calvin Klein.

La tienda es una casa antigua forrada de mezclilla. Hay tallas de la uno para bebé a la 60 y su principal producto es la marca La Campana, aunque también venden Levis, Guess, Calvin Klein, marcas que son promocionadas en cartoncillos blancos y marca de plumón negro.

“Conseguimos lotes de Tommy, Guess, Calvin Klein, que no pasan por algún motivo, nosotros los seleccionamos y ponemos a la venta los que no traen defecto. Un Calvin lo vendemos en 390 cuando en una tienda está en mil 400. Y según el defecto lo bajamos”, explica Pedro. En tanto, un pantalón marca La Campana cuesta de 200 a 250 pesos. Los pantalones son exhibidos en cajas de madera como las que utilizan para la fruta o verdura.
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Familia de arraigo

Pedro Vargas quinto cuenta que este 2017 ha sido difícil para la tienda de pantalones, a diferencia de hace un año. “Viene turismo, pero como que no trae dinero”. Pero las altas y bajas han estado impresas en este negocio familiar.

Su bisabuelo era un reconocido comerciante de la ciudad que tenía todo tipo de negocios: frutería, una imprenta, una miscelánea que era como una tienda departamental, una fábrica de refrescos y una tienda de ropa. Todos bajo el nombre de La Campana.

La parte más difícil fue en la década de los 20, cuando se desató la Guerra Cristera y la familia Vargas, quienes eran férreos creyentes de la iglesia, tuvieron que huir de la ciudad. La familia perdió una imprenta, la miscelánea, una perfumería, la fábrica de refrescos. En 1927, cuenta Pedro, su bisabuelo y la familia huyeron a Estados Unidos.

Su abuelo, Salvador Vargas, quien se había ido siendo un niño, regresó a Parras junto con dos hermanas. Salvador se casó y creó una empacadora de especies y una imprenta, llamadas, nuevamente, La Campana. “En la empacadora ocupaban mucha gente, surtía en Monterrey, Torreón, Saltillo”, platica Pedro.

Pedro no sabe de dónde viene el nombre de La Campana, pero hasta la familia que se quedó a echar raíces en El Paso, Texas, a los negocios le pusieron: The Bell.

Es el padre, Pedro Vargas Herrera, quien retomó el negocio de la mezclilla. Por muchos años utilizaron la mezclilla que producía la fábrica La Estrella, en Parras, una empresa de 150 años que llegó a ser la más grande de Latinoamérica, y que hace apenas seis años cerró luego de disputas sindicales, falta de apoyo gubernamental y la crisis de la industria textil.

Pedro Vargas quinto se hizo cargo de la tienda a la muerte de su padre y asegura que busca mantener la tradición. “No me interesa algo más modernista”. Tampoco está interesado en expandir o exportar la marca La Campana, “Hay ciertos límites”, refiere.
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Tierra de mezclilla

“En Parras, turísticamente, tiene poco que le han dado auge a la mezclilla. Aquí mencionan vino, dulces, artesanías, Estanque de Luz, Santo Madero, Casa Madero y nadie mencionaba la mezclilla, cuando existe una gran tradición”, cuenta Pedro Vargas.

Hace 100 años, relata, la mezclilla era común entre los obreros y ferrocarrileros, gente que la usaba para trabajo rudo. “Ahora todos llegan a comprar mezclilla y si está más roto, mejor”, ironiza. Pedro indica que antes se usaba mezclilla de 16 onzas, “casi casi se sostenía un pantalón. Ahora se utilizan más modas, destrucciones (rotos), la gente lo prefiere más”.

Cuestionado sobre qué significa el negocio de la mezclilla, no titubea en decir: “Significa mi vida, mi fuente de trabajo, algo que no pienso dejar jamás, algo que quiero que mis hijos sigan con esa tradición”.
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Así como a él cuando era chico su mamá lo ponía a cobrar en la tienda, así desea que sus hijos hagan lo mismo algún día.

Las prendas las maquilan en un pequeño taller que se halla en Gómez Palacio, Durango. Tienen 25 trabajadores y producen alrededor de 4 mil pantalones al mes que venden a particulares en Torreón, San Pedro, Saltillo, Monterrey y Monclova a gente que, como la tienda La Campana, vende en sus comercios locales.

 

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